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La guerra tiene un invitado
El kirchnerismo ya le advirtió al multimedio que aceptará la entrada de un
nuevo participante en el negocio del cable en la Capital Federal. La historia ya
tiene un ex funcionario procesado.
A la sombra de la guerra gaucha se endurece la otra gran guerra en que
se embarcó el kirchnerismo en su segunda época: el enfrentamiento entre el
Ejecutivo y los grupos que concentran el mercado audiovisual del país. Los
generales mediáticos del ejército K planean una nueva estrategia para golpear al
Grupo Clarín: amenazan con abrir el negocio del cable en la Ciudad de Buenos
Aires para romper el virtual monopolio de Multicanal y CableVisión.
La
Casa Rosada tiene una coartada judicial para respaldar su embestida. En el marco
de una causa penal, la Justicia ya intimó al Comité Federal de Radiodifusión a
que autorice a la empresa Omnivisión a prestar el servicio de televisión por
cable en la Capital Federal. En ese expediente está imputado el ex interventor
del Comfer Julio Bárbaro por el delito de incumplimiento de deberes. Y otro ex
funcionario, en este caso de la Ciudad, irá a juicio oral en noviembre por haber
obstruido, en favor del Grupo Clarín, el ingreso de nuevos actores al
mercado.
En diciembre de 2000, Gustavo López, el entonces interventor del
Comfer y actual presidente del Sistema de Medios Públicos, le otorgó a
Omnivisión una licencia por quince años para la instalación, funcionamiento y
explotación del servicio de TV por cable en el distrito porteño. Durante el
gobierno de Fernando de la Rúa, al igual que hoy, la concesión de permisos
estaba amparada por la afinidad política: uno de los dos socios de Omnivisión,
Norberto D’Elía, era un influyente empresario radical con llegada directa a la
Casa Rosada, que había sido aportante de la campaña delarruista. Su socio,
Daniel Marini, se había iniciado en los 80 en el negocio del cable en el partido
de Tres de Febrero.
Ese mismo año, la empresa inició los trámites ante el
gobierno de Aníbal Ibarra para instalar la red de fibra óptica que requería para
brindar el servicio de Triple Play (televisión, telefonía e internet).
La burocracia porteña no ayudó a Omnivisión: el otrora subsecretario de
Obras y Servicios Públicos, José Luis Calvo, instaló una maquinaria de
exigencias de papeles, rechazos, nuevos papeles, sellos, documentos y más
papeles que retrasaron durante cuatro años el inicio del soterrado de la red.
Finalmente, Calvo firmó la autorización, pero no en forma espontánea:
medió un fallo del juez en lo Contencioso Administrativo de la Ciudad, Juan
Cataldo, que hizo lugar a una acción de amparo que había iniciado Omnivisión
ante los “retrasos ilegítimos”, como los definió el juez. La ruta judicial de
Calvo no terminó ahí: un fiscal correccional tomó el caso y lo acusó por
incumplimiento de deberes de funcionario público. Calvo fue procesado por ese
delito y deberá enfrentar su juicio oral en noviembre.
“Nadie puede creer
que Calvo haya actuado por voluntad propia. Calvo recibía órdenes políticas y
empresarias. Luego le soltaron la mano”, relató un ex secretario del gabinete
que conducía Ibarra. ¿Quién estaba detrás de Calvo? La respuesta a esa pregunta
se supo un tiempo más tarde gracias a un expediente del Comfer.
A fines
de 2004, la empresa realizó las obras. Según afirmaron desde Omnivisión,
invirtieron más de 20 millones de dólares para tender una red de 21 kilómetros
de fibra óptica en los barrios de Núñez, Belgrano y Palermo y para adquirir el
equipamiento que les permitiera brindar el servicio de Triple Play. En diciembre
de 2004, D’Elía y Marini intentaron dar el último paso que debían cumplir:
tramitar ante el Comfer la autorización “precaria” para transmitir.
A
pesar de tener la licencia del propio Comité, de la Comisión Nacional de
Comunicaciones (CNC), de la Ciudad (con “calvario” judicial de por medio) y de
haber realizado el tendido de cable, Julio Bárbaro dijo: “No”.
El ex
funcionario nacional, al igual que Calvo, inició un proceso de papeleo y
rechazos que volvió a postergar el inicio de las actividades de Omnivisión. La
empresa volvió a la Justicia. A mediados de 2007, la jueza federal Claudia
Rodríguez Vidal hizo lugar a otra acción de amparo. Y le ordenó al Comfer
otorgar el permiso. Bárbaro no lo hizo y envió el expediente a la Dirección de
Planeamiento y Desarrollo del propio Comité.
“Ante la orden judicial
(...) y la futura responsabilidad en que podría incurrir el Sr. Interventor por
desconocer el alcance de la misma, este Cuerpo Letrado estima conveniente el
dictado de un acto administrativo que autorice el comienzo de las emisiones de
la firma licenciataria” , advirtió el director de Asuntos Legales, José
Caamaño.
Bárbaro volvió a negarse, desoyendo la orden judicial y la
recomendación de sus propios abogados. ¿Sólo tozudez? No. En agosto de 2007, al
expediente de Omnivisión ingresó un conocido actor del mercado: Multicanal, para
aquel momento, también propietaria de CableVisión. Sin ocultar su interés, ni su
capacidad de lobby, la empresa del Grupo Clarín reclamó que el Comfer le quite
la licencia a Omnivisión ya que a su criterio, la firma carecía de “capacidad
financiera” para realizar las obras que se necesitaban para prestar el servicio.
Pese a que la inversión ya se había realizado, el 21 de septiembre de 2007, y
citando expresamente el pedido de Multicanal, Bárbaro denegó “transitoriamente”
la autorización. La Justicia volvió a actuar el 4 de marzo de este año.
La jueza Rodríguez Vidal le dio 5 días de plazo al Comfer para que
cambie su actitud. Bárbaro renunció unos días más tarde. Pero el fiscal Carlos
Rívolo le imputó el delito de incumplimiento de deberes. Y la Fiscalía de
Investigaciones Administrativas inició su propia indagación.
Las causas
judiciales reflejan cómo un funcionario del kirchnerismo y otro del ibarrismo
cuidaron el mercado monopolizado por CableVisión y Multicanal. Pero la guerra
gaucha alteró los ánimos. Y ahora el Gobierno utiliza esos mismos expedientes
para presionar al Grupo Clarín.
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