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CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24) Con el marco infortunado del conflicto agropecuario,
a través de distintos pretextos legitimatorios, el desperdicio del gobierno planteó cuatro amontonamientos.
Un virtual
repaso presenta Ezeiza, Plaza de Mayo, Almagro y Salta. Fueron utilizados, los cuatro escenarios, como expresiones equivocadas
de fuerzas. Hasta reducir, en su fracaso, al propio gobierno, al incómodo desacierto de la fragilidad actual.
El kirchnerismo
exhibe la melancolía de una gestión en banda. Ideal, por lo que se percibe entre sus cuadros, para tomar distancias. O simplemente
para abandonarla. Tomar distancias, como lo hace, por ejemplo, el experimentado Chacho Álvarez. De borratinas sabe.
O
el eterno fiscal Aníbal Ibarra, quien no vacila en lacerar políticamente al Alberto, su cuñado, y a los efectos de mantener,
acaso, algún pedazo de la clase media metropolitana, definitivamente esfumada para el proyecto falsamente progresista. Incluso,
dentro del PJ, se aleja un certero acróbata como Julio Bárbaro.
O un pez espada enmantecado, inabordable como Reutemann. Exponentes
que, tal vez tardíamente, se incorporan en el bolillero de los opositores internos. A la larga fila de antiguos excomulgados
que aumentan su cotización. Detrás, o casi a la par, de Duhalde, el de las rodilleras reforzadas. O De la Sota.
La
gestión, la del cesarismo conyugal de los Kirchner, marcha, declinatoriamente, a la deriva. Ensimismada entre la caricatura
del peronismo de aparato, que al mismo tiempo la acota. Pero sostenida, ideológicamente, por el voluntarismo marginal de los
llamados “dirigentes sociales”. O por el voluntarismo febril de una izquierda sin atributos, que suele encontrarle,
al kirchnerismo, virtudes imaginarias que enuncian “redistribuciones del ingreso”.
Aunque, desde la izquierda,
específicamente se aferren a la exclusiva reivindicación, casi obsesivamente única, de la mercadería quejosa, que suele ampararse
en el tráfico tendencioso de los derechos humanos. A los efectos de garantizar condenas.
Desde fuera de los márgenes
del PJ, y en pleno auxilio de la agonía, argumentalmente indecorosa, del gobierno, se recomienda leer “Sur”. Es
el nuevo semanario de domingo, que dirige Eduardo Anguita. Autor corresponsable, junto a Martín Caparrós, de “La voluntad”,
aquel texto invalorable, y hasta interminable, de consulta. Funciona como una especie de manual de auto ayuda, ideal para
interpretar la épica anecdóticamente revolucionaria. La que sustenta las imposturas de aquellos setenta, que el kirchnerismo,
sin pudor, tergiversa.
Dos de los amontonamientos televisados, los de Ezeiza y Almagro, mantuvieron una cobertura partidaria.
La que brinda el corporativismo triste del PJ a la carta. Plaza de Mayo fue, en cambio, para reclamar, inútilmente, una prematura
solidaridad. El amontonamiento de Salta, el de ayer, fue por la Patria.
En el amontonamiento más módico de los cuatro,
el de Ezeiza, Kirchner mantenía, aún, los ímpetus artificiales para el combate. Por lo tanto, fustigó con demasiada crueldad
a los ruralistas.
Igual que La Elegida, en la Plaza, en aquel amontonamiento olvidable, definido, desde el Portal,
como “el más innecesariamente insatisfactorio en la historia del peronismo”.
Tiempos en que los Kirchner,
con la ceguera del desborde, pretendían tener, “de rodillas”, a los desbordados dirigentes agrarios. Mientras
profundizaban, en simultáneo, el conflicto con los medios de comunicación.
En Almagro, Kirchner ya estaba de rodillas.
Rigurosamente desinflado. Por chocar, abruptamente, contra la realidad, que le devolvía la previsible economía paralizada.
Volvió a arrugar, hasta quedarse sin palabras. Transfirió entonces la ostensible impotencia, hacia La Elegida.
Ella
inicia el desafío intelectual de hablar genéricamente. Pero sin decir, en el fondo, nada. Con la impertinencia ambiciosa de
presentar, aquella nadería expresiva, como un extraño mensaje de conciliación. Paz, unidad y amor, mientras abajo, el peronismo,
inalterablemente real, discutía sus posiciones a las trompadas y los palazos.
En Salta, volvió, costosamente, a registrarse
la indolencia hueca de las ideas. Agravada por la persistencia del miedo escénico. Que llevó, al desestructurado plantel oficialista,
hacia el amontonamiento patriótico, geográficamente erróneo.
Con el propio amontonamiento de Rosario, los ruralistas,
semánticamente unificados como “el campo”, se impusieron en materia de multitud. Justo en el escenario de batalla
que el kirchnerismo les planteaba, en la plenitud de la implosión.
Entonces, los chacareros lo doblegaron, de manera
visible, al gobierno. Aparte del impulso del número, en la contundencia de las palabras. La potencia declamatoria del Alfredo
pulveriza la desertificación expresiva del kirchnerismo sin rumbo.
Sin embargo el gobierno debiera ser rescatado, en
adelante, por la madurez de la sociedad. Aunque no lo merezca. A los ruralistas les corresponde el recurso de la grandeza.
A los efectos de no ostentar, en exceso, la evidencia del triple triunfo. En el número, en las palabras. Y en la comunicación.
Debería
atenuarse la tentación de suponer que se accede al turno de la “campocracia”. O sea, del gobierno del campo. Antes
de tiempo.
En política, suele ganarse, con mayor convicción, cuando se le permite, al vencido, una salida decorosa.
De ningún modo le sirve, a nadie, el nockaut. Aunque el vencido haya intentado, previamente, noquiar.
Sobre todo cuando
el vencido es quien gobierna. Y le faltan, todavía, tres años y medio de responsable legitimidad. De acuerdo a esta línea
de interpretación, el porrazo agropecuario puede ser, para el gobierno, hasta beneficioso.
Tiene que gobernar, La Elegida,
aunque el kirchnerismo se encuentre piadosamente descascarado. Con el país puesto, por su culpa, de sombrero. Con el helado
derretido en la frente. En la lona moral.
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