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La
mentira, mal armada, necesita
siempre el parche de otra mentira.
Y
como el parche suele ser de la misma contextura, se rompe enseguida, y viene otro parche.
Y así sucesivamente… hasta que
aguante.
Tenemos
ahora, en el país, la espectacular
novedad que, el destino de las
retenciones ha de ser para hospitales públicos, caminos rurales y viviendas
populares.
Digámoslo
así :
Al
principio, eran para las grandes arcas de los fondos discrecionales que el
gobierno puede darse hoy el lujo de malversar, merced a la farsa de los “súper poderes”.
Ahora,
no.
Ahora,
son para dárselos a los pobres, mediante un gambito que parezca (sin
serlo) una especie de coparticipació n provincial de
fondos.
Pero
no es otra cosa que una nueva farsa, por cuanto las partidas se han de liquidar
por “convenios” o “acuerdos” especiales
(según palabras de la propia presidente), con los
gobernadores.
Léase
pues : Para “ligar” esos
fondos, un gobernador tiene que
venir a Balcarce 50 y arrodillarse,
bajando la cerviz, sólo para preguntar hasta que nivel debe someterse al yugo de
la emperatriz. A cambio de ello, acaso le concedan aquel
“acuerdo especial” para recibir alguna partida.
Pero
la trama de la farsa no termina allí :
El destino de las
retenciones es una excusa de último momento tejida entre gallos y
medianoche.
Cabe
preguntarse cual destino pensaban darle al principio de la
comedia.
El
nuevo decreto, explica, casi sin eufemismos, el manotazo de un ladrón vulgar, que, en
su huída, viendo que puede ser
alcanzado, se introduce a la carrera en un asilo de hambrientos y
necesitados… y allí empieza a gritar que va a repartir
el botín entre todos ellos.
El
ladrón… devenido en Papá Noel, pone así frente a frente, la ovación y la
algarabía de los pobres, con la actitud coercitiva de la ley que lo perseguía,
congelada y perpleja en tal escena
por un clamor absolutorio amenazante y sorpresivo.
Una
viveza infantil, de un mentiroso de café, que quema así sus últimos cartuchos, profanando
salvajemente el arte de mentir.
Aunque
termine en breve, la histórica
confrontación del gobierno con el campo, o aunque acaso dure un poco más de
tiempo, el día después, si lo hubiere, amaneceremos con un claro escenario de
desastre político en el oficialismo, muy difícil de revertir. Es un proceso que ya los
carcome.
Y
cuando se estudien, dentro de 5 o 10 años, las verdaderas causas de ese
desastre, habrá de coincidirse, seguramente, en que el factor principal fue la
mentira, usada como herramienta doméstica para sustituir el deber más elemental de la institución
de un gobierno por mandato.
Una
herramienta tan impúdica y discrecional como para que sea imposible disimular
su aplicación grotesca en orden a
sustituir también, entre otras cosas, la facultad política coercitiva del
comando.
Hilando
más fino, habrá de verse que, en realidad, la causa fue, ni más ni menos, que la profanación lisa y llana
del
delicado arte de mentir.
Una
profanación salvaje de un arte tan refinado que sólo es utilizado con la agudeza
del intelecto y que suele
cultivarse con cuidado y diligencia.
Es
prematuro decir que ese “día
después” , será el primer tumbo de un descarrilamiento interminable para el
matrimonio que nos gobierna.
También
acaso es prematuro aventurar un resultado para las elecciones legislativas del
año que viene, aunque no caben ya dudas, que el precio que han de pagar por esta
aventura, será muy alto.
El
mecanismo de auto relevo mutuo y
consecutivo, planeado por ambos,
estaba basado en la hipotética conservación de ciertos niveles de confianza
popular en el “jefe de la familia”, por su gestión puesta en contraste con el
escenario dramático del año 2001.
Pero
no resistió la tentación de protagonismo y ahora ella lo lleva tragado en los
golpes a su imagen que ya duran justo la mitad de su
gestión.
No
pudo mantenerse alejado y
prescindente, al menos en las
apariencias, e inversamente, fue el
artífice primario de la profanación salvaje del arte de mentir. Es el titular de la
cátedra.
El
proyecto falsario ha sido de su íntegra autoría, profundizado por ella como heredera
ejecutora de la matriz fundadora del sofisma.
Todos
los índices de la economía, y no
sólo el de la inflación, fueron
casi su obra cumbre grotescamente
dibujada. Se sintieron
seguros de persistir en esa farsa creyendo que no afectaría demasiado la
credibilidad pública.
Y
algún día se sabrá hasta donde han llegado con esa práctica cotidiana de cuyo
enorme daño estructural necesitan ahora evadir su responsabilidad buscando
un culpable que parecen haber
hallado.
Creyeron
de un modo religioso en la mentira incluso mucho más que en el aprovechamiento más mañoso de
la realidad.
Creyeron
en ella, antes que en la
manipulación programada de la buena fe social, pero no por eliminar esa práctica, sino
sólo por
consagrar su uso y su eficacia, a un salvaje cambio de la
verdad.
La
falsedad, el engaño y el fingimiento, como arte, fueron objeto de una especie de tratado
de irónica filosofía por parte del genial norteamericano Samuel Clemens, muerto
en 1910, quien fue conocido con el seudónimo de Mark
Twain.
La
base del caos que ocasiona un mediocre partisano del arte de mentir, es ignorar
la trágica temporalidad de las falsedades.
Al creer que estas pueden sobrevivir, no tarda mucho en convertirlas en un
dogma.
Producir
una falsedad y propalarla, tiene políticamente un sentido utilitario que incluso
algunos príncipes instrumentaron para el bien del pueblo, postergando una verdad
para mantener la unión social o para evitar una catástrofe por el pánico que
ocasionaba el enemigo triunfante.
La
rutina de la mentira, en cambio, profanada desde el desayuno, es el mal de los
totalitarios.
Su
mayor temor, es el imperio creciente de la verdad.
Frente
a su avance, mienten sin entrenamiento ni diligencia.
Sin
un buen objetivo… mienten con uno malo.
Y
como son profanadores de todo,
profanan también,
salvajemente, el delicado
arte de mentir.
Lic.
Gustavo Adolfo Bunse
gabunse@yahoo. com.ar
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