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Emergentes.
17 de octubre de 1945, una clase. 25 de mayo de
2008, el campo. Ambos, ignorados. ¿Es una herejía comparar el 17 de octubre
de 1945 con el 25 de mayo de 2008? ¿Quiénes son los gorilas de hoy? ¿Cuál es el
contenido ideológico de la rebelión de los pueblos del interior? ¿Es factible
aproximarse al verdadero peso específico dentro de la historia argentina del
Grito de Rosario y su referencia con el fundacional Grito de Alcorta?
El reciente nacimiento del fenómeno y su complejidad debe espantar todo
tipo de dogmatismo y preconceptos. Es muy fácil equivocarse si sólo se persigue
poner las etiquetas de las viejas categorías políticas que tranquilizan al poder
frente a la inestabilidad emocional que les produce la no comprensión de algo
tan masivo. Caracterizar esta revolución de tierra adentro como una expresión de
la oligarquía golpista es –por lo menos– una
bruta caricatura que refleja la pereza
intelectual de Néstor Kirchner, que ayer en Chubut llevó su provocación
permanente a límites inimaginables. Cuesta creer esa
perversión de apostar a la tierra arrasada si no se sale con la suya.
Se puede
mirar el 17 de octubre como el parto de un nuevo actor social: la clase
trabajadora. O como el surgimiento del peronismo. La Plaza de Mayo fue el
escenario donde se subieron de prepo y por primera vez los obreros que hasta ese
momento eran ignorados por la cultura dominante. El 25 de mayo también iluminó
un desconocido sujeto social con preponderancia de clase media rural que tal vez
–o seguro– evolucione hacia algún formato partidario. El Monumento a la Bandera
se hizo emblema geográfico del que se apoderó un segmento de la comunidad que
era invisible en toda su magnitud y poderío aun para sus propios protagonistas.
En aquella época, pocos registraban a los cabecitas negras de los
frigoríficos. Berisso y Ensenada quedaban más lejos que ahora de los centros del
poder y esos nombres sonaban tan extraños y desconocidos como ahora suenan J. B.
Molina, Ucacha, Chabás, María Grande o Ataliva Roca. Son parte de una Argentina
oculta, callada y latente. Son “esos pueblos de gesto antiguo con gente que da
la mano y saluda al sol”, como dijo Hamlet Lima Quintana. No quiero exagerar
diciendo que son “el subsuelo sublevado de la patria”, pero creo que desde el
campo traen algunos valores que la conciencia colectiva no atribuye a los
políticos en general. Hablan poco y hacen mucho. Dan la palabra y la cumplen. Se
conocen todos como en cualquier infierno grande.
No llevan su
dinero al exterior. Si pueden, bicicletean el empleo en blanco y venden en
negro, igual que tantos comerciantes. Son austeros y sienten orgullo porque
saben que pueden producir alimentos para todos los argentinos y para todo lo que
el planeta quiera comprar. Y al igual que los obreros peronistas, son la
expresión de una profunda transformació n económica y no un invento de los medios
como muchos frívolos creen. Hasta el economista más kirchnerista reconoce que la
actividad agropecuaria es la más competitiva. Y que en varios productos y
maquinarias es envidiada e imitada hasta en el país más desarrollado. Dice
Enrique Zuleta Puceiro que los tres elementos más valorados son su capacidad de
innovar en tecnología, su apertura al mundo y la velocidad para renovar sus
referentes.
Dice Sergio Berenstein que se trata de una aparición
“refrescante porque vienen de la periferia hacia el centro, de abajo hacia
arriba y con una extensión territorial muy grande”.
Hermes
Binner, que conoce de cerca lo que ocurre, instaló el concepto de “ruralidad”,
que tiene una
densidad cultural mucho más amplia que lo mero agrícola o ganadero, y que
atraviesa horizontalmente varias provincias donde interactúan desde campesinos
que trabajan la tierra que alquilan hasta poderosos empresarios, pasando por
especialistas en biotecnología. El éxito o el fracaso de este sector impacta
fuertemente en el destino de gran parte del interior profundo. Por eso, tantos
intendentes y ex y actuales gobernadores kirchneristas rechazaron ese brulote
del PJK cuyo autor intelectual fue Néstor Kirchner. La mayoría de los que
protestan votaron a Cristina y muchos de sus líderes reconocen militancia o
simpatía en el peronismo de ahora y en el radicalismo de antes. Se sienten
nacionales y populares. Muchos de sus valores son conservadores y apenas si
toleran la política partidaria. Tienen hijos estudiando agronomía y GPS en
los tractores de última generación. Hace un tiempo que vienen avisando que
existen desde algunos hábitos: la estética de campo sofisticada en la ropa por
Cardón; el resurgimiento de las peñas folclóricas en las ciudades; Soledad
Pastorutti, de las multitudes y de Arequito, la capital de la soja; el Chaqueño
Palavecino y los periodistas especializados en el campo, y las revistas
temáticas; las exposiciones rurales y de cosechadoras increíbles. Es el país del
interior que se puso de pie y dijo basta a tanto ninguneo y maltrato. Hay
algunos reaccionarios que defienden la dictadura como en cualquier grupo social,
pero la inmensa mayoría tiene incorporado para siempre el sistema democrático y
lo sostienen. Eso sí: se toman las ofensas a pecho. Les duele de verdad, y por
muchos años, cuando alguien los ofende llamándolos avaros, extorsionadores o
gorilas. No son como los políticos que toman esas agresiones como reglas del
juego de campaña y después se anotan en la misma lista de candidatos.
Descubrieron que de las fortunas que producen no queda casi nada en sus pueblos,
porque la coparticipació n y el federalismo fueron sepultados por los métodos de
conducción de los Kirchner, que necesitan manejar una caja portentosa para
premiar y castigar a voluntad. Conclusión no definitiva: la simplificació n
del consignismo llevó a Néstor Kirchner a combatir a muerte a un enigma que aún
no pudo descifrar.
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